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Terra
La Coctelera

no es culpa de los lectores

no es culpa de los lectores que no sean capaces de ceñirse a lo que leen. no es culpa de los lectores que les vengan enseguida a la mente diez, veinte, treinta cosas peores que tratar de enseñar a los maestros a enseñar o, más difícil todavía, que tratar de enseñar a los maestros a pensar, i diez, veinte, treinta cosas peores que las diez, veinte, treinta cosas que se les antojan peores que dar alguna que otra clase de semántica, de fonética, de teorías de la adquisición del lenguaje o de métodos de lectoescritura en un cubo de hormigón con ventanas cubiertas por persianas de plástico que dejan fuera del campo visual a la mitad del rebaño al alcance de la vista.
dejemos de lado las obviedades: cruzar en patera el atlántico de mauritania a canarias, estar preso en una cárcel iraquí, ser librepensador en china, ser opositor al régimen en cuba, ser mujer en afganistán, bueno, a qué engañarnos, ser mujer en casi cualquier parte del mundo... son ejemplos suficientemente representativos de lo que quiero decir con peor que.

cosas peores

hay, desde luego, en la vida, cosas peores que dar clases de lingüística en una escuela de magisterio en una pequeña ciudad de provincias. pero cuando se dan clases de lingüística en una escuela de magisterio en una pequeña ciudad de provincias no se piensa mucho en ellas. se piensa, más bien, en todas las cosas que uno podría estar haciendo con su vida en vez de malgastarla adelgazando la semántica hasta dejarla reducida prácticamente a nada, a lo poco que cabe por el pequeño hueco que los alumnos están dispuestos a abrir de sus entendederas durante las clases de lingüística que uno intenta dar cinco horas en semana en un edificio recién construido en mitad del campo, en el que por las mañanas huele a tierra mojada i desde el que a veces se pueden ver ovejas o vacas pastando alrededor. a cualquiera que se le reconozca que en la vida hay, a buen seguro, cosas mucho peores que las clases, la lingüística, las escuelas de maestros, las ciudades de provincias... se le ocurren de inmediato diez, veinte, treinta cosas peores que tratar de enseñar, que tratar de enseñar lingüística, que tratar de enseñar lingüística a maestros i que tratar de hacerlo en una irrisoria ciudad de provincias. no le culpo. es inevitable. lo dicen los teóricos de la lectura: no leemos con los ojos sino con la imaginación.