hay, desde luego, en la vida, cosas peores que dar clases de lingüística en una escuela de magisterio en una pequeña ciudad de provincias. pero cuando se dan clases de lingüística en una escuela de magisterio en una pequeña ciudad de provincias no se piensa mucho en ellas. se piensa, más bien, en todas las cosas que uno podría estar haciendo con su vida en vez de malgastarla adelgazando la semántica hasta dejarla reducida prácticamente a nada, a lo poco que cabe por el pequeño hueco que los alumnos están dispuestos a abrir de sus entendederas durante las clases de lingüística que uno intenta dar cinco horas en semana en un edificio recién construido en mitad del campo, en el que por las mañanas huele a tierra mojada i desde el que a veces se pueden ver ovejas o vacas pastando alrededor. a cualquiera que se le reconozca que en la vida hay, a buen seguro, cosas mucho peores que las clases, la lingüística, las escuelas de maestros, las ciudades de provincias... se le ocurren de inmediato diez, veinte, treinta cosas peores que tratar de enseñar, que tratar de enseñar lingüística, que tratar de enseñar lingüística a maestros i que tratar de hacerlo en una irrisoria ciudad de provincias. no le culpo. es inevitable. lo dicen los teóricos de la lectura: no leemos con los ojos sino con la imaginación.